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El invierno había sido demasiado bueno, fresco y lluvioso, como decían los viejos. Habían sido tan abundantes las cosechas que hasta por sobre los techos de las casas se observaban las auyamas. Las frutas las broceaban tanto, que nadie hacía caso de ellas. Las yucas y los chacos para que decir. Los racimos de plátanos y de cambures se maduraban en las matas y los pajaritos gozaban de contento. El pueblo todo respiraba el aroma de los melones sazonados.
La «luna lunera cascabelera» estaba más clara que en ninguna otra ocasión. Parecía una auténtica torta de casabe recién puesta a orear en los tendederos del cielo. Los muchachos correteaban con la mayor libertad por calles y callejones. Las hembritas se divertían a su manera en las puertas de las casas. Los juegos tradicionales se llevaban a cabo hasta que el Dios del sueño se fuera encargando de cerrarles los ojos a los participantes…
Cheliandro y Checundo eran dos mozalbetes que comenzaban a «mear en pared». Que el bozo les empezaba a negrear. Eran amigos de verdad-verdad al extremo que se trataban de tocayos sin que nadie se los hubiese insinuado. Esa noche descansaban plácidamente de sus faenas diarias acostados en la calzada de la pared trasera de la vieja capilla, entre cruzándose anécdotas y travesuras muchachéricas, para reírse a carcajadas…
En un intervalo de la conversación, el primero le comunicó al segundo: «La noche está buenísima como para comer patillas. En el conuco de la casa yo tengo unas que están sabrosísimas- sabrosísimas». Sin pensarlo dos veces y «como quien no quiere la cosa» uno tras del otro salieron por un pequeño atajo, tramontaron la cerca del conuco y cayeron sobre el patillar. Escogieron las dos más grandes y poniendo como testigo a la luna, que se había despejado como para observar la picardía, las rompieron a puño limpio y se dieron la gran hartazón.
Al otro día bien por la mañanita empezó a correr de boca en boca: «las dos mejores patillas del viejo Chelosantos, las más hermosas, las que estaba resguardando para las semillas, se las comieron anoche. No se sabe quienes serían los sin - vergüenzas, los boleros, los puñeteros; pero del cielo a la tierra no hay nada oculto, el día menos pensado se sabe quienes fueron, porque uno sólo no aguantaba a comerse esas dos bichas»…
El viejo Chelosantos, que además de agricultor era peluquero, desde ese momento regó la voz entre amigos y conocidos a ver si se descubría a los pillos, mientras que él mismo en persona interrogaba a todos los que le llegaban a la peluquería, hasta que un día entró Checundo a darse una cortadita de pelo porque se acercaba la fiesta del Santo; y Chelosantos en forma muy disimulada y aprovechando el momento en que le tenía la navaja en el pescuezo le preguntó: «es verdad que usted no ha comido patillas más dulces que las de mi conuco» contestándole el aludido: «nunca las había comido» y con quién las comió: «con el tocayo».
El viejo indilgando la vista hacia el hijo le dijo: «es verdad que el que roba hace un sólo pecado pero al que le roban hace muchos. Ya yo estoy condenado por culpa tuya y ahora tendré que ir a confesarme, sinvergüenza…pero esa me la pagas»...
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