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En el tiempo de antes la gente como si era
más creyente que ahora; o que tenían más fe en sí mismo. No sabemos y quizás es
difícil explicárnoslo. Se creía en Santos, Santas y Divinidades. Por todo y para
todo ofrecían promesas en exvotos o misas de salud; éstas al cumplirse tenían
que ser recogidas; aunque fuese en parte, casa por casa de amigos y enemigos,
como pidiendo limosnas para que pudiesen llenar el requerimiento divino.
En una ocasión Juliana Guzmán, la única
hembra de José Silvestre Guzmán y María Inocente Franco, de Tacarigua Afuera,
familia que desde tiempos inmemoriales eran los guardianes de San Sebastián y
por lo tanto bastante allegados a la Iglesia; ofreció una misa de salud a
Nuestra Señora Santa Ana, con tal de que sanara, sin dificultad, de uno de sus
males, que ya era más bien achaques de vejez, cosa que le fue correspondida por
la Santa en tiempo récord.
Desde el momento de la curación, no tuvo
otra cosa pendiente sino quedar bien con el pago de la promesa, pidiéndole
excusas a Santa Ana por no haber cumplido durante el primer año, pero incapaz de
hacerlo por el segundo. Un día se levantó apesadumbrada por la deuda y se echó a
la calle solita en grima, implorando de puerta en puerta de sus vecinos más
cercanos, la limosna a fin de cumplir con la misa de salud que había ofrecido
con fervorosa fe. Al punto del mediodía y con ese sol que reverberaba, se dio
cuenta que con lo que había logrado recoger y lo que ella tenía completaba los
ocho reales de la misa que había ofrecido.
Desde ese momento empezó a insistir con
Apolonio, su hermano y el más preparado intelectualmente de la familia, para que
le hiciera el favor de ir a mandarle a hacer la misa a Santa Ana y nada que el
hombre iba. Pero se llegó el momento que tuvo que zumbarle la plata encima para
que pudiera acomodarse y coger camino para El Norte con el propósito de quitarle
la “fatesna” o sea la temeridad a la mujer, solterona e impertinente.
Montado en su burra negra azabache, de
silla, llegó a la puerta de la Casa Parroquial y encontró al sacerdote
tertuliando con otros amigos y después de cruzarse los saludos de rigor
acostumbrados, le dijo: “Mire padre yo vengo, mandado por mi hermana Juliana, a
traerle ocho reales para que le haga una misa de salud, que ella le ofreció a
Nuestra Señora Santa Ana y se la ganó y no quiere seguir teniendo deudas con la
Santa”, respondiéndole el padre en forma categórica: “Pero Apolonio tu bien
sabes que no hay misas de ocho reales, sino de cinco, resadas y de a fuerte,
cantadas, así es que puedes escoger cuál de las dos debes ordenar que se haga”,
replicándole Apolonio: “Pero es que entonces Santa Ana no va a saber que ésa fue
la misa que le ofreció Juliana” y así estuvieron largo rato discutiendo por la
misa y la gente enterándose de todo; hasta que a Apolonio se le ocurrió una
proposición que consideró salomónica y le dijo: “Mire padre yo le entrego los
ocho reales y usted le quita a la cantada dos reales de misa o a la rezada le
pone tres reales y en partir igual no hay trampa, o me deja ir sin pagar la
promesa y el pecado recaerá en usted y no en esa pobre mujer que hasta se
avergonzó recogiéndola a pleno sol caliente, como pagando una penitencia”;
mientras que el padre, como quien no quiere la cosa, le contestó: “Dejame pues
los centavos y san se acabó”.
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